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Este Sacramento confiere al cristiano una gracia especial para enfrentarse a las dificultades propias de la vejez o una enfermedad grave. Si bien es verdad que el Sacramento en sí mismo no es necesario para la salvación del alma, no es menos cierto que a nadie le es lícito desdeñar su administración, por lo cual debe procurarse con suma diligencia que los enfermos puedan recibirlo estando en pleno uso de sus facultades mentales.

A lo expuesto sumemos la obligación natural de todo cristiano de prepararse del mejor modo para la muerte, lo que otorga un rol esencial a quienes rodean al enfermo para advertirle sobre su situación, sugiriéndole sobre la conveniencia de recibir la Unción y oficiando como nexo para que esto ocurra, ni demasiado tarde ni excesivamente temprano, actuando siempre con caridad cristiana y sentido común. Esta práctica estaba muy extendida en la Iglesia primitiva, tal como nos relata el apóstol Santiago:

¿Hay alguno enfermo? Que llame a los ancianos de la Iglesia, que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al que no puede levantarse; el Señor hará que se levante; y si ha cometido pecados, se le perdonarán. (Stgo 5,14-15)

Que este Sacramento estaba plenamente incorporado a la vida de la Iglesia se evidencia a partir de las palabras de Orígenes, a mediados del siglo tercero, donde se refiere al cristiano penitente:

«No rehúye declarar su pecado a un sacerdote del Señor y buscar medicina. . . [de] lo cual dice el apóstol Santiago: 'Si, pues, hay alguno enfermo, llame a los presbíteros de la Iglesia, y le impongan las manos, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor; y la oración de fe salvará al enfermo, y si estuviere en pecados, le serán perdonados'» (Homilías sobre Levítico 2: 4).

Esencialmente, consiste en ungir la frente y las manos del enfermo acompañando este acto con una oración litúrgica, realizado todo por un sacerdote u obispo, que son los únicos ministros que pueden administrar el Sacramento. Conocido históricamente como Extremaunción por el hecho de administrarse solamente in articulo mortis (a punto de morir), en la actualidad puede recibirse más de una vez, siempre en caso de enfermedad grave, porque este Sacramento no imprime carácter:

«Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan». (Catecismo, 1515)

¿Qué aporta, fundamentalmente, la Unción? Une al enfermo con la Pasión de Cristo, no solo en beneficio propio, sino para toda la Iglesia, que mediante este acto «encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado, para que los resucite y los salve. Y, en efecto, les exhorta a contribuir al bien del Pueblo de Dios uniéndose libremente a la Pasión y muerte de Cristo» (Catecismo, 1499)

A nivel individual, se obtiene ánimo, consuelo y paz (décadas de terapia humana no pueden ofrecer al individuo estas condiciones fundamentales para afrontar las vicisitudes de la vida), además del perdón de los pecados en caso que el enfermo no haya podido obtenerlo mediante el Sacramento de la reconciliación, lo que representa una inmejorable preparación para el paso a la vida eterna. Si conviene a la salud espiritual la Unción es un medio para restablecer la salud corporal, pero los efectos más beneficiosos siguen siendo los detallados anteriormente.

La escasa formación de muchos católicos conduce a una mala interpretación de la misericordia divina en relación a las enfermedades físicas. En un exceso de expectativas, se llega a considerar que aquel cristiano que no recibe la curación de todas sus enfermedades refleja exteriormente su falta de fe. La Escritura viene una vez más en nuestro auxilio ante estas desviaciones, confirmando que Dios no siempre sana las enfermedades físicas que nos afligen:

Recuerden que en los comienzos, cuando les anuncié el Evangelio, yo estaba enfermo. Aunque mis pruebas eran una prueba para ustedes, no me despreciaron ni me rechazaron, sino que me acogieron como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús. (Gál 4,13-14)

Pablo predica a los gálatas estando enfermo. Según la lógica humana, ¿Qué mejor para Dios que un apóstol libre de dolencias para llevar adelante su misión evangelizadora? Sin embargo, como creyentes sabemos que Dios sacó bienes de ese mal que aquejaba a Pablo. En otra oportunidad menciona que ha debido dejar en la ciudad de Mileto a su compañero Trófimo, que acompañó a Pablo en sus viajes misioneros durante más de una década, por estar enfermo:

Erasto se quedó en Corinto. A Trófimo lo dejé enfermo en Mileto. (2 Tim 4,20)

La enfermedad como tema nos invita a reflexionar con mayor amplitud, teniendo en cuenta que estamos frente a la situación cotidiana por excelencia donde el ser humano percibe su finitud y mortalidad, evidenciadas en fragilidad e impotencia ante aquello que no puede cambiar. Tenemos una “vocación de eternidad” ante la cual las afecciones actúan como una muralla que nos hace tomar conciencia de que llegará, más tarde o más temprano, el momento en que afrontaremos el juicio de Dios con un destino eterno, la felicidad del Cielo o la condena del infierno.

La enfermedad es una invitación a recordar una afirmación de San Pablo, válida para todo cristiano:

Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor. Tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor. (Rom 14,8)

La vejez es un estado similar a la enfermedad, porque en esa etapa se van desarrollando ciertos desequilibrios que comprometen la armonía del organismo, proceso que conduce inevitablemente a la muerte.

Considero importante una debida instrucción del servicio que la Iglesia, siempre atenta a las necesidades de las personas en todas las etapas de su vida, ofrece con la Penitencia, la Unción de los enfermos y la Eucaristía como viático, es decir, como alimento para ese camino, muchas veces empinado, que es el final de la vida.

A diferencia del mundo, donde las personas mayores o enfermas parecen estorbar, la Iglesia actúa como faro administrando estos sacramentos que “preparan para la Patria Celestial” (CIC, 1525). Son ritos muy apreciados entre los fieles, como ayuda sobrenatural para una buena muerte. Estamos inmersos en una cultura donde hablar del final de la vida terrena genera algo muy cercano al terror, pese a que es una realidad absolutamente cotidiana.

El cristiano debe hacer suyas las palabras especiales propias del viático: «Que el Señor Jesús te proteja y te conduzca a la vida eterna. Amén». Que Cristo resucitado guíe nuestro caminar para que cada día sea una constante preparación para encontrarnos con Él en la Patria definitiva.

Mariano Torrent


La Sagrada Escritura nos muestra en el Antiguo Testamento cómo Dios eligió y guió a su pueblo que, pese a saber que había recibido el favor de Dios, una y otra vez actuó de modo desastroso incurriendo en más de una oportunidad en la barbarie, y nunca dejó de ser el pueblo elegido, no por sus virtudes, sino porque Dios estaba con ellos pese a todo.

Cuando Dios libera a los israelitas de la esclavitud de Egipto para conducirlos a la Tierra Prometida, vemos que la respuesta de este grupo fue darle la espalda, adorando al becerro de oro en una especie de Síndrome de Estocolmo religioso, pues se trataba de la deidad del país que los había esclavizado.

Dios sigue con ellos, no está en sus planes abandonarlos, sino corregirlos las veces que haga falta, porque el Padre no es un dios pagano preso de sus caprichos, que abandona a los suyos por no estar a la altura de los acontecimientos; muy por el contrario, en los peores momentos de la condición humana - tanto individual como colectivamente hablando - se destaca más que nunca la fidelidad de Dios y su compromiso de conducir a las ovejas descarriadas por la senda correcta.

¡El pecado daña, y vaya si es capaz de provocar catástrofes cuyas consecuencias son generalmente imposibles de avizorar! Nuestros pecados incluso llevaron a Cristo a la cruz, que no abandonó a su Iglesia por dicha razón sino que se entregó por ella, amándola hasta dar su vida. Y si es Cristo con su entrega quien santifica a la Iglesia, eso quiere decir que nuestros pecados, más allá de su triste capacidad de renovación y actualización, nunca podrán anular la obra salvífica de la Iglesia que Cristo fundó y santificó.

Camina entre la ingenuidad y la malicia especular que los primeros cristianos de la Iglesia de Jesús se descarriaron en algún momento y por ello Dios los abandonó  para hacer surgir, siglos después, una nueva Iglesia “libre de pecados y vicios”. Teorías de este tipo solo pueden proliferar cuando no se presta la debida atención a cómo la Biblia relata la relación entre Dios y su Pueblo.

No son pocos - y esta equivocación no es patrimonio exclusivo de los no católicos, también entre los “nuestros” aparece esta tendencia - los que pretenden juzgar negativamente a casi 1.400 millones de católicos a partir de la “miseria espiritual” de un cierto grupo que a ojos de los críticos no actúan siguiendo el ejemplo de Cristo.

¡Qué pena que los que señalan con el dedo solo tengan ojos y oídos para los que caen y no reparen en aquellos que sirven a sus hermanos desde el amor, como claro reflejo del amor Trinitario! Cuando se adopta la actitud del fariseo que centra su vida en condenar a los demás,  y no en el publicano que asume sus desviaciones para pedir perdón por ellas al Señor e intentar enmendarlas, uno deja de percatarse de que en la condición humana el pecado está a la vuelta de la esquina.

Dentro de ese contexto, es indudable que el católico peca, pero la acción no se produce por una cuestión de pertenencia religiosa, es decir, no somos “pecadores exclusivos”, sino que sufrimos la misma enfermedad que el resto de la humanidad. En cuanto a aquellos que miran a los demás agradeciendo “no ser como los demás hombres”, debo advertirles que ¡Son como los demás hombres!

El pecado nos infecta a todos, y la única solución no es el pedestal de la crítica despiadada, sino correr a la Iglesia y empezar por dejarse lavar los pecados por Jesús, que está con los suyos todos los días hasta el fin del mundo, aunque algunos no sepan aprovechar y honrar esa Gracia maravillosa de que el Señor no nos haya dejado librados a nuestra suerte.

Humanamente hablando, existen médicos malos que no honrar su vocación. Incluso hay profesionales de la salud que atentan de forma directa contra la vida de sus pacientes, pero sería totalmente ilógico negar el valor de la profesión médica y de la medicina en general por los casos aislados que pueden opacar a los que sí hacen las cosas bien. En paralelo a esto, la Iglesia, lejos de excluir a los pecadores, los recibe con los brazos abiertos, a semejanza de la Parábola del Hijo Pródigo, para guiarlos hacia el Camino, la Verdad y la Vida.

La Iglesia es Santa y Pecadora. Lo es en mayúsculas y agradeciendo al Señor el Don de esa aparente ambigüedad. Es Santa porque su santidad proviene de Cristo resucitado, a través de la Gracia eficaz, que se hace visible por medio de los Sacramentos, que alimentan a los fieles y los guían en su camino hacia el Cielo.

Es también pecadora, al estar compuesta por hombres que nos sabemos plagados de imperfecciones, con las limitaciones propias de la magullada condición humana y siempre necesitados de conversión, lo admitamos o no.

En el análisis de los críticos de la Iglesia que parten de esta como si de una mera institución humana se tratase hay un error primordial. La Iglesia no es, en su esencia, una institución humana, pues al tener origen divino, es a su vez de carácter divino. Pensemos en el celo de San Pablo para custodiar la fe de las primeras iglesias particulares a pesar de que en ellas no faltaban los conflictos, y que los intercambios de opiniones entre sus miembros no siempre se daban en los mejores términos.

Pero a pesar de la acumulación de enojos y rencillas, de la gente cuyo accionar era bastante dudoso y de las conductas reprensibles de muchos de aquellos cristianos, tan lejanos en el tiempo a nosotros y tan iguales en los vicios que nos impiden crecer, San Pablo siempre tuvo presente que el sacrificio redentor de Cristo no estuvo ni está condicionado por la fragilidad humana.

Que la Iglesia sea de carácter divino no impide abrazar su errante lado humano, y portar con orgullo las cicatrices que a través de los siglos le han dejado sus debilidades y flaquezas, porque si hay algo que los pecadores católicos sabemos con absoluta certeza es que la Gracia de Cristo es capaz de redimirnos a todos los que aceptamos la Buena Noticia de su amor por nosotros.

Mariano Torrent

La cruz es el emblema que resume la esencia del Cristianismo, es el instrumento del suceso más trascendental en la historia de la humanidad, por eso la cruz, y vuelvo a utilizar el término para reafirmar su importancia, es símbolo del cristiano, y no representa ningún tipo de derrota, sino que significa salvación, porque el Cristo de la cruz es sinónimo de triunfo sobre el pecado, por lo que se está representando es la victoria de la vida sobre la muerte, y esa vida es Vida Eterna, Vida en abundancia.

Despojada de la figura de Cristo, la cruz no es más que un instrumento de tortura que remite a lo peor de la condición humana, una herramienta que en su crueldad y por sus fines puede emparentarse con la horca o la silla eléctrica. Para que la cruz sea portadora y referencia ineludible del mensaje de salvación cristiano debe llevar a Cristo.

Ningún católico cree que la cruz es Dios; lo que afirmamos es que nuestro Dios, el Dios invisible, el Todopoderoso, manifiesta su poder como quiere y dónde quiere, incluso en objetos, y sirvan como ejemplos bíblicos la vara de Aarón, o la culebra hecha por Moisés y colocada en un asta.

Entonces, ¿De qué forma se relaciona con la cruz el verdadero cristiano? Dejemos que San Pablo nos oriente al respecto:

Porque el lenguaje de la cruz resulta una locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios. (1 Co 1,18)

En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo. (Gál 6,14)

Como quiero estar del “lado San Pablo de la vida”, debo entender que la cruz es poder de Dios y orgullo del cristiano en cuanto está vinculada al sacrificio de Cristo. Es sinónimo de salvación y vida, porque es una muestra de lo que Cristo hizo por nosotros, es símbolo del triunfo:

Anuló el comprobante de nuestra deuda, esos mandamientos que nos acusaban; lo clavó en la cruz y lo suprimió. Les quitó su poder a las autoridades del mundo superior, las humilló ante la faz del mundo y las llevó como prisioneros en el cortejo triunfal de su cruz. (Col 2,14-15)

La denominación religiosa que más acentúa la creencia de que Cristo no murió en una cruz son los Testigos de Jehová, que enseñan a los suyos que el Señor sufrió la pena capital en un madero vertical con las manos juntas hacia arriba, es decir, no separadas, tal como se ha aceptado históricamente. El primer escollo que se presenta para su tesis está en la propia Biblia:

Encima de su cabeza habían puesto un letrero con el motivo de su condena, en el que se leía: «Este es Jesús, el rey de los judíos.» (Mt 27,37)

Si Jesús hubiese estado en el madero de forma vertical el letrero debería haber sido puesto sobre sus manos, ante la inexistencia de espacio físico para ubicarlo entre su cabeza y sus manos juntas.

Para ejemplificar mejor qué creen los Testigos, transcribo un fragmento de una edición reciente de su Biblia:

No existe ninguna prueba de que en las Escrituras griegas cristianas staurós significase una cruz como la utilizada por los paganos como símbolo religioso muchos siglos antes de Cristo […]. No hay en absoluto pruebas de que Jesucristo fuera crucificado entre dos maderos entrecruzados. Nosotros no queremos añadir nada nuevo a la Palabra escrita por Dios, introduciendo en las Escrituras inspiradas el concepto pagano de la cruz, y por tanto traducimos el griego staurós por su acepción más sencilla.

Respecto a la palabra staurós, es cierto que genéricamente significa estaca o palo, pero hay que advertir que el término adquirió el sentido de cruz para hacer referencia al instrumento de tortura de dos brazos en el cual se llevaba a cabo la crucifixión. Esto se ve reafirmado en obras especializadas como el Léxico del Nuevo Testamento (vol. XII) de Kittel-Friedrich, que establece que el término usado para referirse a un solo palo (no a una cruz) es skólops (palo, estaca puntiaguda).

La palabra cruz con sus derivados aparece más de ochenta veces en los textos bíblicos, testimonio tan contundente que ha obligado a los Testigos, para mantener su doctrina, a “””””adaptar””””” el texto bíblico (aclaro que no es un error de tipeo la sobreabundancia de comillas) para que en lugar de cruz (σταυρός) aparezca “madero de tormento” y en lugar de crucificado “fijado en el madero”[1]. La palabra madero (xilon) aparece en apenas cinco oportunidades en la Escritura, pero con ello en realidad se está indicando el tipo de material, no la forma del mismo.

Sumaremos como testimonio lo que puede aportar al respecto la medicina. Una vez que la persona se encuentra colgada en posición vertical, la crucifixión deviene en una muerte lenta, fruto de una terrible agonía a causa de la asfixia. Esto se explica por la presión ejercida en los músculos, que pone el pecho en la posición de inhalación.

Para poder exhalar el condenado debía apoyarse en los pies, que lógicamente estaban fijos por los clavos que lo sujetaban al madero, para aliviar al menos momentáneamente la tensión de los músculos. Al lograr exhalar, la persona podía “relajarse” y descender para inhalar otra bocanada de aire. Luego debería continuar el proceso de empujar su cuerpo hacia arriba para exhalar, lo cual ocasionaría que raspe su espalda ensangrentada contra las asperezas de la cruz.

Este doloroso sube y baja continuaba hasta que la persona no pudiera empujarse hacia arriba para respirar, lo que provocaba su muerte. En el caso de Jesús, su cuerpo resistió esta situación durante algo más de tres horas. Cualquier persona que estuviera fijada con los brazos extendidos se sofocaría en minutos, mientras que alguien con los brazos extendidos hacia los lados en un ángulo de 60º a 70º, como en una cruz, podría resistir durante horas sin sofocarse.

Además de la Biblia y la medicina, también existe el testimonio de la historia, como el de San Justino Mártir, nacido alrededor del año 100, quien en su primera Apología ya menciona la figura de la cruz, comparándola al cuerpo humano cuando se levantan los brazos hacia los lados, a la vela del barco, y a otros paralelismos por el estilo.

Pero volviendo concretamente a los Testigos de Jehová, ellos no fueron siempre enemigos confesos de la creencia cristiana en lo tocante a la cruz. Muy por el contrario, en la mismísima portada de su revista Atalaya, aparecía desde 1891 un escudo donde podía observarse una cruz dentro de una corona, enmarcado por una guirnalda de laurel. Y ese mismo escudo era utilizado por este grupo como broche distintivo. Todo esto va a cambiar a partir de 1831, desapareciendo la cruz de la Atalaya y de sus libros, llegando hasta el panorama actual de negación sistemática de la cruz.

Los Testigos parecen actuar (para mal) de acuerdo a esta advertencia de San Pablo:

Porque muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo; se lo he dicho a menudo y ahora se lo repito llorando. La perdición los espera; su Dios es el vientre, y se sienten muy orgullosos de cosas que deberían avergonzarlos. No piensan más que en las cosas de la tierra. (Fil 3,18-19)

Oremos para que el Señor sea nuestra guía y de esta manera no caer nunca en el pecado de actuar como enemigos de la cruz de Cristo.



[1] Para comprobar la veracidad de mi afirmación, consultar en www.jw.org 1 Co 1,18 (madero de tormento) y Gál 2,20 (fiado en un madero) y comparar con las traducciones de esos versículos en las demás Biblias en bibliaparalela.com. Esta es una forma bastante efectiva para apreciar como este grupo agrega, quita o sencillamente inventa palabras en una evidente traición al original griego.

Mariano Torrent

 

De todos los argumentos extra bíblicos sostenidos en algunos grupos protestantes, pues por su tendencia a la división es imposible pretender agruparlos a todos en una sola línea de afirmaciones, el que muy probablemente sea el más disparatado es el de la Iglesia invisible.

No estoy queriendo afirmar con esto de que se trate de algo azaroso, sino que los protestantes, al no poder reivindicar para sí la sucesión apostólica y sin ninguna evidencia de disponer de un sacerdocio válido, esgrimen conceptualmente que Cristo fundó en cada uno de quienes lo aceptan como su Señor y Salvador una Iglesia “invisible”, lo cual exime de la necesidad de un sacerdocio perceptible.

Propongo, siempre con el recurso de la Escritura, ir desmenuzando este postulado, pero partiendo, en orden a aplicar una exégesis honesta, de un principio que asumo no debería encontrar desacuerdos entre católicos y protestantes: que la Iglesia es Una y que esa unidad es fruto de la voluntad expresa de Cristo:

Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. (Mt 16,18)

No ruego sólo por éstos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por su palabra. Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. (Jn 17,20-21)

Ejemplos claros, concretos e irrefutables de que el principio rector de cualquier diálogo debe partir del reconocimiento de que Cristo habla en singular (su Iglesia) y a favor de la unidad de los cristianos, como testimonio externo para el mundo. La idea de una Iglesia que no sea más que un ente invisible, con los creyentes disgregados por donde los lleve el viento no se condice en nada con la visión de Cristo al señalar que su ideal consiste en un solo rebaño y un solo pastor.

Ante esto, el protestante comienza con su justificación tantas veces repetida, donde en resumidas cuentas, no niega que sus iglesias están divididas o son muchas, sino que redirigen el diálogo hacia la afirmación de que, en efecto, la Iglesia es una sola, como comprobamos en numerosos pasajes bíblicos, pero que esa comunidad de fieles es invisible, y está compuesta por todos los cristianos independientemente de la denominación a la que pertenezcan, ya sean bautistas, luteranos, pentecostales, etc.

El problema es que esto no encuentra asidero en la Escritura. Pensemos por caso en el pueblo de Israel, que era un pueblo visible, que cuando era guiado en el desierto por Moisés, fue visto por el profeta Balaam:

Balaam vio que a Dios le gustaba bendecir a Israel, de manera que no fue como las otras veces en busca de señales, sino que se volvió de cara al desierto. Cuando Balaam levantó la vista, vio a Israel agrupado por tribus; entonces el espíritu de Dios se apoderó de él. (Núm 24,1-2)

Como realidad divina y humana, la Iglesia ha venido a continuar y sustituir al pueblo de Dios del Antiguo Testamento. Hay que tener en cuenta además que lo que en el Antiguo Pacto era solo promesa y preparación, alcanza con Cristo su cumplimiento y plenitud, por lo cual sería completamente ilógica una metamorfosis tal que en realidad representaría más bien una involución: de una comunidad de creyentes lo suficientemente concreta para ser distinguida por los demás a una totalmente invisible, cuya identificación sería más bien fruto de una carambola que consecuencia de algo evidente.

Pero volvamos a los pasajes de Mateo y Juan citados en las primeras líneas de este artículo. Las palabras de Jesús dan cuenta de que su voluntad es la de una Iglesia compuesta por personas y para la salvación de las personas. Aquí solo cabe la posibilidad de una Iglesia visible que pueda ser divisada y conocida por todos, que esté patente ante los ojos del mundo entero, siendo una de las señales distintivas la presencia de una jerarquía que ofrezca estabilidad, perpetuidad y la seguridad, porque el propio Cristo lo prometió, de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Entonces, Cristo quiso autoridad y magisterio para su Iglesia, cuyas doctrinas no están ocultas y solo son reveladas a un grupo selecto, sino que son expuestas para todos por un magisterio al cual le fue conferido la autoridad para custodiar fielmente esas doctrinas, las que el propio Cristo ha querido revelar a los suyos.

En la vereda opuesta a la expresa voluntad de Cristo aparece la idea adoptada por el protestantismo de una Iglesia invisible que en cierta medida tape su significativa y cada vez más pronunciada división doctrinal, porque en este esquema la segmentación en grupos no sería un problema para los cristianos, porque lo importante radicaría en ser un creyente “verdadero”.

Podemos encontrar en la Escritura una firme condena a los desmembramientos, al punto de que los cismáticos son llamados anticristos, de los cuales se nos manda apartar:

Hermanos, les ruego que tengan cuidado con esa gente que va provocando divisiones y dificultades, saliéndose de la doctrina que han aprendido. Aléjense de ellos. (Rom 16,17)

Reafirmemos entonces: la principal condición para que el mundo crea en Cristo es la unidad de los cristianos. Y sería bastante complicado lograr índices de credibilidad altos si esa unidad no puede ser observada de forma natural. De esta forma, no es descabellado afirmar que la Iglesia de Cristo no solo no puede ocultarse, sino que debe ser lo suficientemente visible para que todos la vean:

Ustedes son la luz del mundo: ¿cómo se puede esconder una ciudad asentada sobre un monte? Nadie enciende una lámpara para taparla con un cajón; la ponen más bien sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. (Mt 5,14-15)

La Iglesia es “la ciudad asentada sobre un monte”, y esa ciudad no puede ocultarse. Es válido entonces preguntarse, ¿Podemos encontrar algún parangón bíblico para la comparación que realiza el Señor? La respuesta es sí, y está en el Antiguo Testamento, en el anuncio del profeta Daniel del Reino de Dios, un reino que terminará con los demás reinos y que jamás será destruido. ¿Y cómo se describe a ese reino? De esta manera:

Entonces todo a la vez quedó como polvo, el hierro, la loza, el bronce, la plata y el oro, como capotillo de la cosecha, y el viento se lo llevó sin que quedara rastro. En cuanto a la piedra que chocó con la estatua, se convirtió en un cerro muy grande que llenó toda la tierra. (Dn 2,35-36)

Ese reino es un “cerro/monte grande que llena toda la tierra”. Toca ahora comprobar qué significa ese monte:

En tiempos de estos reyes, Dios hará surgir un Reino que jamás será destruido. Este Reino no pasará a otras manos, sino que pulverizará y destruirá a todos estos reinos y él permanecerá eternamente. Es el significado de la piedra que has visto desprenderse del monte sin ayuda de ninguna mano y que redujo a polvo el hierro, el bronce, la loza, la plata y el oro. El Dios grande te ha revelado lo que ha de venir. ¿No es cierto que éste fue tu sueño? Entonces puedes estar seguro de la explicación.» (Dn 2,44-45)

El monte es el Reino de Dios que llenará toda la tierra y permanecerá eternamente (jamás será destruido), por lo que las puertas del infierno no podrán prevalecer contra él (cualquier semejanza con el mencionado pasaje de Mateo 16,18 no es una mera casualidad).

Vayamos ahora al Nuevo Testamento. Sabemos que la Iglesia es la casa de Dios:

Pero si me demoro, para que sepas cómo debes portarte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, pilar y base de la verdad. (1 Tim 3,15)

Y esa Iglesia es un cuerpo cuya cabeza es el propio Cristo:

Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo. (Col 1,18)

En ese cuerpo cada miembro, es decir, cada bautizado cumple una función:

Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él. En primer lugar están los que Dios hizo apóstoles en la Iglesia; en segundo lugar los profetas; en tercer lugar los maestros; después vienen los milagros, luego el don de curaciones, la asistencia material, la administración en la Iglesia y los diversos dones de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles?, ¿o todos profetas?, ¿o todos maestros? ¿Pueden todos obrar milagros, curar enfermos, hablar lenguas o explicar lo que se dijo en lenguas? (1 Co 12,27-30)

Un cuerpo es algo físico, visible. Pero todo cuerpo tiene a su vez un alma, que no puede verse exteriormente, y que en la Iglesia Católica es el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que ha llevado a la Iglesia de Cristo siempre por caminos visibles y fáciles de rastrear. Un cuerpo que no tiene alma es un cuerpo muerto. La Iglesia, sin el Espíritu Santo, no podría haber resistido los temporales internos y externos de sus dos mil años de historia.

 

Y ese cuerpo debe tener, por lógica, alguna semejanza con su cabeza. En su paso por este mundo, el Señor, a través de la unión hipostática, poseía inseparablemente dos naturalezas - divina y humana - en la unidad de su persona, naturalezas que no pueden escindirse una de la otra. De esta forma, tampoco su cuerpo visible, la Iglesia, puede separar su humanidad visible de su divinidad invisible, es por eso que la Escritura nos habla de la purificación obrada por el propio Cristo a su Iglesia:

Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Y después de bañarla en el agua y la Palabra para purificarla, la hizo santa, pues quería darse a sí mismo una Iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa e inmaculada. (Ef 5,25-27)

Esa Iglesia está encargada de administrar los Sacramentos que el propio Cristo dejó, obrando como conductos de las Gracias que Él derrama sobre su Pueblo; Sacramentos que como acto externo puede ser visto por cualquiera, porque no es nada oculto, sino que todo se realiza públicamente.

Existe un culto que se pone de manifiesto en la Liturgia de la Iglesia, existen templos, festividades, procesiones que muestran una comunidad de hijos de Dios unidos en una misma fe, donde se hace carne la analogía de Jesús de la ciudad colocada sobre un monte, contemplada por todos y que no puede quedar oculta.

El planteamiento de la Iglesia sin señales claras para ser distinguida por la sociedad y con creyentes disgregados por doquier se hace añicos contemplando experiencias que nos muestra la Biblia. ¿De qué forma San Pablo hubiera podido imponer disciplina excomulgando a Alejandro , Fileto e Himeneo si la Iglesia fuera invisible? Tranquilamente, estos hubieran actuado como los protestantes actuales, fundando una nueva “iglesia” con sus propias doctrinas.

Incluso cuando Cristo hace advertencias como esta, se refiere al lado humano y tangible de su Iglesia, y no al divino:

Dijo Jesús a sus discípulos: «Es imposible que no haya escándalos y caídas, pero ¡pobre del que hace caer a los demás! (Lc 17,1)

Retomando lo expuesto al inicio del artículo, hemos podido comprobar que la Iglesia como unidad visible es obra y voluntad de Cristo. Queda entonces que cada uno medite en su mente y en su corazón, ¿A qué fuerza no humana corresponde entonces la autoría intelectual de las múltiples facciones protestantes, donde cada día nacen nuevas denominaciones que difieren en algunos puntos doctrinales de las que ya están? Que cada quien elija la respuesta que le parezca más apropiada…

Mariano Torrent

Cuando los protestantes “sacan a relucir” algún trillado argumento para aseverar que San Pedro no estuvo en Roma, parecen suponer que con eso van a “tumbar” a la Iglesia Católica, pero si esperan borrar dos milenios de historia de un plumazo, aunque desconozco cómo puedan lograr su objetivo partiendo de crasos errores de interpretación de la realidad.

El asunto que vamos a analizar roza lo intrascendente, porque incluso en el caso de que San Pedro jamás hubiera pisado Roma, tranquilamente uno de sus sucesores podría haber optado por trasladarse a esa ciudad y cumplir con su ministerio allí.

Centrar el ataque en este punto lo que hace en realidad es mostrar que la persona o grupo que lo efectúa ignora que el Papado y Roma no simbolizan una unidad indisoluble en el sentido de que Pedro no siempre estuvo ahí y por tanto su ministerio no se encontró en sus comienzos relacionado con la ciudad. Basta repasar la historia de la Iglesia para ver testimonios como el de San Ambrosio, que en el siglo IV afirma: «allí donde está Pedro está la Iglesia Católica».

Hay hermanos separados que esperan encontrar en las páginas de la Biblia un detallado archivo de viajes de cada uno de los apóstoles, seguramente desconociendo que esa no es la finalidad con la que fue escrita. Como tampoco la Escritura debe contener “todo” ni ser la única fuente de información histórica. El propio San Juan desmiente categóricamente cualquier posibilidad de algo así:

Jesús hizo muchas otras cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros. (Jn 21,25)

Hagamos un ejercicio de memoria: sabemos que luego de la Ascensión del Señor sus apóstoles realizaron una cantidad de viajes muy importante cumpliendo su misión de anunciar el Evangelio a todos los pueblos. En el año 36 aproximadamente San Pedro y San Juan se dirigen a Samaria a organizar la Iglesia luego de que esa comunidad aceptara la palabra de Dios:

Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén tuvieron noticia de que los samaritanos habían aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. (He 8,14)

Es por esa fecha que se produce la conversión de Pablo camino a Damasco (He 9,1-8) mientras San Pedro realiza numerosos viajes misioneros. No podemos conocer con exactitud el detalle de las ciudades que visita, porque la Biblia se limita a informar que andaba recorriendo muchos lugares:

Pedro, que recorría todos los lugares, fue también a visitar a los santos que vivían en Lida. (He 9,32)

La tradición bien antigua de la Iglesia ubica a San Pedro como obispo de Antioquía durante unos siete años luego de ser liberado de la cárcel de Jerusalén en el año 42, momento en el que se dirige a la capital del Imperio Romano para ponerse al frente de aquella comunidad congregada por el propio Dios:

Los saluda la comunidad que Dios ha congregado en Babilonia; también los saluda mi hijo Marcos. (1 P 5,13)

Babilonia es aquí el término a considerar. Esta palabra se utilizaba para designar secretamente a Roma. Quien guste comprobarlo bíblicamente, lo verá no una sino seis veces en el Apocalipsis; como también en fuentes extrabíblicas el Apocalipsis de Baruc, los Oráculos Sibilinos y 4 Esdras.

Es imposible comprender esta expresión sin ubicarla en su contexto histórico. Los cristianos vivieron los primeros siglos bajo persecuciones, primeramente de parte de los judíos y luego, con especial virulencia, de los romanos, por lo que desde el principio se vieron obligados a practicar su fe ocultándose en las casas particulares de los fieles, y en las célebres catacumbas romanas.

A fin de demostrar su pertenencia cristiana sin ser descubiertos, utilizaban ciertas palabras que representaban determinados códigos. Por ejemplo, el símbolo del pez (Ichthys) era usado para reconocerse, mientras que la palabra Babilonia significaba la ciudad de Roma.

En los tiempos en que San Pedro escribe esta carta, la Babilonia del Éufrates, de Nabucodonosor, no era ni la sombra del esplendor de otros tiempos, era prácticamente una ruina y apenas vivía allí un 10 % de la población que supo tener, por lo que, aplicando el sentido común y valiéndonos de los documentos de los primeros siglos que testimonian a Pedro en Roma, es imposible argumentar que el apóstol hacía referencia a alguna ciudad que no fuera Roma con el nombre de Babilonia.

Nada mejor que recurrir a la palabra del célebre historiador Eusebio de Cesarea, que en “La Crónica”, escrita alrededor del año 303 plantea:

«Se dice que la primera epístola de Pedro, en la cual hace mención a Marcos, fue compuesta en la misma Roma; y que él mismo indica esto, refiriéndose figurativamente a la ciudad como Babilonia».

Respecto a la duración del ministerio petrino en la capital del Imperio, tanto Eusebio como San Jerónimo hablan de unos veinticinco años, pero esta cifra no responde a algo continuo, porque Pedro estuvo nuevamente en la Ciudad Santa en el año 49 o 50. Esto denota que en el caso de Pedro su sede principal era Roma, pero los apóstoles eran considerados como un patrimonio de la Iglesia universal.

Treinta años después del martirio del apóstol, es decir, a finales del siglo I, el Papa San Anacleto construyó un oratorio donde los fieles se reunían. Tenemos también el testimonio del Papa San Clemente Romano, quien escribió una carta, contemporánea del evangelio de San Juan (90 d.C.), en la que relata la muerte gloriosa del pescador de Galilea.

Muchas son las referencias históricas que pueden encontrarse para reafirmar sin ningún tipo de dudas que San Pedro estuvo en Roma, y murió mártir en esa ciudad. Tomemos para el caso dos afirmaciones de San Ireneo, que entre los años 180 y 190 escribe en su obra Contra las herejías:

«En el dialecto propio de ellos, mientras Pedro y Pablo estaban predicando en Roma, y estableciendo los cimientos de la Iglesia».

«La muy antigua, y universalmente conocida Iglesia fundada y organizada en Roma por los dos Apóstoles más gloriosos, Pedro y Pablo; como también (señalando) la predicación de la fe que viene a nuestros tiempos mediante la sucesión de los obispos».

Y si seguimos indagando, comprobaremos que en el transcurso del siglo II nadie en la cristiandad ponía en tela de juicio de que Pedro hubiera muerto en Roma, ni que los obispos romanos fueron sucesores de Pedro y Pablo. Vale decir que no es que anteriormente se debatiera esta cuestión o hubiera dudas, es que simplemente no se conservan los datos suficientes para trazar un patrón al respecto.

Tengamos en cuenta que en las generaciones posteriores a la de los apóstoles estaba fresco el recuerdo de los acontecimientos y nada había para debatir sobre el asunto; el problema está en los actuales críticos de la religión católica, que recurren únicamente a la Biblia, lo que termina llevando a un callejón sin salida, porque la Escritura habla de ciertos temas, y la vida de San Pedro después de su encarcelamiento en Jerusalén evidentemente no es una de ellas. Tampoco en Hechos de los Apóstoles se nos dice cómo murió San Pablo, y eso no significa que no haya sido martirizado.

Por pruebas como las expuestas, que son lo suficientemente fuertes para anular cualquier juicio tendencioso sobre el tema, es que la New American Encyclopedia, de Estados Unidos, que parte de una nación protestante no puede ser sospechosa de favoritismo católico, expone en la sección sobre los Papas:

«Cuando San Pedro dejó Jerusalén vivió por un tiempo en Antioquía antes de viajar a Roma donde ejerció como Primado».

Es momento de ir concluyendo el artículo, dejando en claro a los que sueñan con “prender fuego” la fe católica disociando a Pedro de Roma, que el primado petrino no tiene ninguna dependencia respecto a su sede, sino que obedece a la elección de la persona de Pedro por parte de Jesús. Por citar un ejemplo, entre 1309 y 1377, es decir, gran parte del siglo XIV, la residencia del Santo Padre estuve en Avignon (Francia) y no en Roma, lo que no disminuyó en absolutamente nada su ministerio en todo ese tiempo.

Estas aclaraciones nacen fruto de uno más de los tantos malentendidos del lado protestante: la legitimidad del papado no se circunscribe a un lugar, sino a la promesa de Cristo a Pedro. Roguemos al primer Papa de la Iglesia del Señor que interceda ante el Padre del Cielo para abrir la mente y el corazón de aquellos que siguen buscando pretextos para no ser parte del único rebaño de Cristo.

Mariano Torrent

Para un católico es una verdad indiscutible que el apóstol San Pedro fue constituido por el propio Cristo como el primero de los doce apóstoles y como la cabeza visible de la Iglesia militante, lo que le confiere de forma inmediata el primado de jurisdicción.

El objetivo del presente artículo es aclarar dudas que pueda haber respecto a este tema, y responder con argumentos concretos a los cuestionamientos que realizan los protestantes, quienes en sus planteos parecen querer, en más de una oportunidad, circunscribir la fe a cuestiones de terminología.

Como muchas otras verdades de fe, la doctrina del papado no depende de la expresión con la que nos referimos a ella. Lo esencial del papado es fácilmente reconocible en la Escritura y en los documentos y testimonios de los Padres de la Iglesia ya desde los primeros siglos. ¿Pero cuáles son entonces las características inequívocas del papado? Mark Bonocore señala al respecto:

El Papado es el ministerio de pastor supremo con poder de jurisdicción de mantener la unidad universal y ortodoxia dentro de la Iglesia Cristiana.

En resumidas cuentas, al Obispo de Roma, como sucesor de San Pedro, le toca ser el principio, es decir, el fundamento no solo visible sino también perpetuo de lo que puede parecer una doble unidad pero que es en realidad una sola: de los obispos y de los miles de millones de fieles alrededor del mundo.

Primado equivale a preeminencia; el primado de jurisdicción consiste en la posesión de la autoridad suprema en el plano judicial, legislativo y punitivo. Todos estamos de acuerdo en que la cabeza invisible de la Iglesia es Cristo, pero el sucesor de Pedro lo representa - no lo sustituye, como veremos en el transcurso del artículo - en el gobierno exterior de la Iglesia militante, lo que lleva a los católicos a considerarlo el vicario de Cristo en la tierra.

Esto es básicamente lo que han sostenido desde los primeros siglos los llamados Padres de la Iglesia. Haré un repaso bastante acotado de dichas definiciones:

Clemente de Alejandría (150-215) llama a Pedro “el elegido, el escogido, el primero entre los discípulos, el único por el cual, además de por sí mismo, pagó tributo el Señor”; Tertualino (160-220) señala que la Iglesia “fue edificada sobre él”; San Cipriano de Cartago (200-258) dice respecto a Mt 16,18 “sobre uno edifica la Iglesia”; San Cirilo de Jerusalén (315-386) lo denomina “el sumo y príncipe de los apóstoles”; San León Magno (390-461) considera que “Pedro fue el único escogido entre todo el mundo para ser la cabeza de todos los pueblos llamados, de todos los apóstoles y de todos los padres de la Iglesia”.

Será San Siricio, 38º Papa entre los años 384 y 399 el primero que utilizará el título de Papa, del griego “padre” o “papá”, expresión testimoniada por los comediógrafos Aristófanes o Menandro, anteriores al tiempo de Cristo, aunque existe la posibilidad de que este nombre derive del anagrama Petri-Apostoli-Potestatem-Accipens, cuya traducción más aproximada sería “del apóstol Pedro tomó el poder”.

Y si para no extendernos en demasía sobre el tema hacemos un salto en el tiempo, vemos que la Iglesia contemporánea sostiene lo mismo que aquellos cristianos prominentes de los primeros siglos:

«Si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene solo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no solo en las materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia...sea anatema». (Concilio Vaticano I: Constitución dogmática «Pastor aeternus». Sobre la Iglesia de Cristo).

«Por lo tanto, si alguien dijere que el bienaventurado Apóstol Pedro no fue constituido por Cristo el Señor como príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que era éste sólo un primado de honor y no uno de verdadera y propia jurisdicción que recibió directa e inmediatamente de nuestro Señor Jesucristo mismo: sea anatema». (Concilio Vaticano I: Constitución dogmática «Pastor aeternus». Sobre la Iglesia de Cristo).

La cuestión del nombre

La Palabra del Señor nos muestra diferentes cambios de nombre desde el inicio mismo de la Historia de la Salvación, con un punto en común: siempre esas modificaciones representaban algo, es decir, no eran azarosas sino que respondían a un objetivo específico. Veamos…

Abram cayó rostro en tierra, y Dios le habló así: «Esta es mi alianza que voy a pactar contigo: tú serás el padre de una multitud de naciones. No te llamarás más Abram, sino Abrahán, pues te tengo destinado a ser padre de una multitud de naciones. Yo te haré crecer sin límites, de ti saldrán naciones y reyes, de generación en generación». (Gén 17,3-6)

Dijo Dios a Abrahán: «A Saray, tu esposa, ya no la llamarás Saray, sino Sara. Yo la bendeciré y te daré de ella un hijo. La bendeciré de tal manera, que pueblos y reyes saldrán de ella». (Gén 17,15-16)

El otro, pues, le preguntó: «¿Cómo te llamas?» El respondió: «Jacob.» Y el otro le dijo: «En adelante ya no te llamarás Jacob, sino Israel, o sea Fuerza de Dios, porque has luchado con Dios y con los hombres y has salido vencedor.» (Gén 32,28-29)

En el primero de los casos, Abram pasa a ser Abraham “porque estaba destinado a ser padre de una multitud de naciones”; en el mismo capítulo vemos a Sarai “convertirse” en Sara, “porque pueblos y reyes saldrán de ella”; luego encontramos a Jacob recibiendo el nombre de Israel, “por luchar con los hombres y con Dios y haber salido vencedor”.

Lo primero que un protestante dirá es que todos los ejemplos presentados, en los cuales un nombre tiene un significado correspondiente a su misión pertenecen al Antiguo Testamento. Pues presento entonces un ejemplo bastante conocido del Nuevo:

Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». (Mt 1,21)

¡Es decir que hasta el nombre de Jesús no responde a una cuestión aleatoria sino a una misión, en este caso salvar al pueblo de sus pecados!

Contemplemos qué ocurre con San Pedro:

Y se lo presentó a Jesús. Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Kefas» (que quiere decir Piedra). (Jn 1,42)

Cuando Andrés lleva a Pedro ante Cristo, el Señor le dice que su nuevo nombre será Cefas, cuyo significado es “piedra”. Cefas es una traducción de la palabra aramea kephas, que fue traducida al griego como petros. Hay otro aspecto importante en este versículo: Jesús habla en tiempo futuro (“te llamarás Kefas”), porque Pedro no sería la Piedra hasta que realizara la confesión narrada en el capítulo 16 de Mateo.

¿La autoridad del Papa “anula” a Dios?

Esto es lo que sostienen muchos protestantes: que el rol del Papa sería una especie de sustitución de la potestad única que corresponde al Creador. La Palabra del Señor nos va a mostrar el caso de Moisés, quien recibe una vara de parte de Dios para ejercer su misión de liberar de la esclavitud en Egipto al pueblo de Israel. Esa autoridad recibida no condujo a los israelitas a ningún dilema donde se planteara que obedecer a Moisés era desobedecer a Dios, o a suponer que este representaba un reemplazo para el Señor.

Moisés respondió a Yavé: «No me van a creer, ni querrán escucharme, sino que dirán: ¡Cómo que se te ha aparecido Yavé!» Entonces Yavé le dijo: «¿Qué es lo que tienes en la mano?» «Un bastón», le respondió él. Dijo Yavé: «Tíralo al suelo.» Lo tiró al suelo, y se convirtió en una serpiente: Moisés dio un salto atrás. Yavé entonces le dijo: «¡Tómala por la cola con tu mano!» Moisés la agarró, y volvió a ser un bastón en su mano. «Con esto -le dijo Yavé- podrán creer que se te ha aparecido el Dios de sus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y de Jacob.» (Ex 4,1-5)

Dios reafirmará más adelante ese respaldo enviando a Moisés a hablar con Faraón. La vara que el Señor dio a Moisés es símbolo de autoridad para cumplir con el encargo divino. El Nuevo Diccionario de Biblia de Editorial Unilit, de raíces protestantes, expresa sobre el término “vara”: «Aparentemente los líderes de las tribus israelitas iban delante de ellas portando una vara, que vino a ser símbolo de autoridad.»

Esto es similar a la autoridad que en el Nuevo Testamento Cristo concede a Pedro para guiar y pastorear a las ovejas de su rebaño.

¿Quién era Pedro?

Distintas escenas bíblicas nos permitirán acercarnos más a la figura histórica de Pedro, y nos ayudarán a entender la magnitud del apóstol dentro de la primitiva comunidad. Es mencionado frecuentemente a lo largo del Nuevo Testamento, un total de 182 veces, no solo en los evangelios, también en Hechos y en las epístolas de San Pablo.

Podemos constatar su lugar de primacía ya en el listado de los apóstoles:

Estos son los nombres de los doce apóstoles: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan (…) (Mt 10,2)

El mismo orden aparece en Mc 3,16; Lc 6,14 y He 1,13; los cuales no transcribo para evitar volver redundante la cuestión. También encontramos a Pedro como el portavoz de sus compañeros:

Entonces Pedro se acercó con esta pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contestó: «No te digo siete, sino setenta y siete veces.» (Mt 18,21-22)

Entonces Pedro le dijo: «Nosotros lo hemos dejado todo para seguirte.» (Mc 10,28)

También es interrogado por los que cobraban impuestos para el Templo:

Al volver a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los que cobran el impuesto para el Templo. Le preguntaron: «El maestro de ustedes, ¿no paga el impuesto?» (Mt 17,24)

Pedro, junto a Santiago y Juan son los tres discípulos a los que los evangelios muestran con mayor cercanía al Señor, estando presentes en la resurrección de la hija de Jairo y en la Transfiguración en el monte Tabor:

Pero no dejó que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. (Mc 5,37)

Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a ellos solos a un monte alto. A la vista de ellos su aspecto cambió completamente. Incluso sus ropas se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo sería capaz de blanquearlas. (Mc 9,2-3)

Continuando con el repaso, observemos quiénes son los encargados de la “organización” de la Última Cena:

Llegó el día de la fiesta de los Panes sin Levadura, en que se debía sacrificar el cordero de Pascua. Jesús, por su parte, envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: «Vayan a preparar lo necesario para que celebremos la Cena de Pascua.» (Lc 22,7-8)

No será difícil entender por qué San Pablo menciona a los tres más cercanos a Cristo como columnas/pilares de la Iglesia:

Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, que son considerados pilares de la Iglesia, nos estrecharon la mano a mí y a Bernabé en señal de comunión: Nosotros nos dirigiríamos a los paganos y ellos a los judíos. (Gál 2,9)

Antes de analizar el pasaje de Mateo 16, se hace necesario destacar que además del oficio de Maestro Cristo también otorga a Pedro la función de Pastor en el final del Evangelio de San Juan:

Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.» Le preguntó por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Pedro volvió a contestar: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Cuida de mis ovejas.» Insistió Jesús por tercera vez: «Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?» Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.» Entonces Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.» (Jn 21,15-17)

El Señor pregunta tres veces a Pedro si le ama y ante la respuesta afirmativa le ordena cuidar/apacentar sus ovejas. Triple interrogación y triple consentimiento de vocación de servicio. ¿Qué mayor confirmación que esta para darle el encargo de Pastor universal de almas? La figura de Pedro asume entonces esta responsabilidad, de Pastor, que es una figura imposible de no asociar con el Señor:

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. (Jn 10,11)

Esta misión para Pedro se inscribe tanto en la línea de cuidado como de guía, cuya raíz es el amor renovado de Pedro sobre Jesús, pues el rebaño no es de Pedro, sino de Jesús. Ningún católico cree que Pedro es el “dueño” del rebaño, sino un administrador en el orden temporal cuyo cometido no responde a ningún tipo de privilegio pero sí al servicio.

La escena de la triple pregunta de Cristo es vista generalmente como una rehabilitación del apóstol, el cual, en contraste con las negaciones, responde afirmativamente a la interrogación sobre su amor y fidelidad, que van a tener su concreción definitiva en la entrega total de Pedro, que va a llegar hasta su muerte, que se insinúa en los versículos 18 y 19:

En verdad, cuando eras joven, tú mismo te ponías el cinturón e ibas a donde querías. Pero cuando llegues a viejo, abrirás los brazos y otro te amarrará la cintura y te llevará a donde no quieras.» Jesús lo dijo para que Pedro comprendiera en qué forma iba a morir y dar gloria a Dios. Y añadió: «Sígueme.». (Jn 21,18-19)

Pedro, pastor y misionero, será testigo y mártir por amor a Cristo, y modelo para las generaciones venideras del seguimiento que el Señor espera de los suyos. Ese ministerio tiene un sostén inigualable, porque es el propio Cristo quien ora por Pedro:

¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como trigo que se limpia; pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos.» (Lc 22,31-32)

Cristo es el Buen Pastor que confiere su poder de consagrar, enseñar, perdonar y dar testimonio.

El pasaje de la polémica

Jesús se fue a la región de Cesarea de Filipo. Estando allí, preguntó a sus discípulos: «Según el parecer de la gente, ¿quién soy yo? ¿Quién es el Hijo del Hombre?» Respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros que eres Elías, o bien Jeremías o alguno de los profetas.» Jesús les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Pedro contestó: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo.» Jesús le replicó: «Feliz eres, Simón Barjona, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo.» (Mt 16,13-19)

De este fragmento de Mateo, lo más discutido - y seguramente, lo más debatido de la Biblia en general - es la frase “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Para cualquier católico esa piedra sobre la que se funda la Iglesia de Cristo es Pedro. En ámbitos protestantes, por el contrario, es frecuente escuchar como si de un dogma se tratara de que esa frase de Cristo fue dirigida… ¡Al propio Cristo! 

Sí, sé que es bastante traído de los pelos, e incluso lleva a dudar de la comprensión lectora de quien sostiene esto, porque lo que muchos protestantes alegan es que Cristo al decir “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” se señaló a sí mismo - ya sea física o simbólicamente - y es por eso que la piedra en cuestión sería Él y no Pedro. Lo particular de esto es que Mateo no ofrece ningún detalle que conduzca a poder tomar mínimamente en serio este planteo protestante. Es por eso que quiero aportar al debate apreciaciones que intentaré se revistan de más seriedad que la expuesta.

Otro argumento, que se basa en fundamentar que la piedra/roca es la confesión de Pedro - y no el apóstol mismo - como sostienen desde algunas vertientes del protestantismo - queda tambaleando cuando, Biblia mediante, comprobamos que el de Pedro está lejos de ser el primer reconocimiento de la divinidad de Cristo y de su misión. Tomo algunos ejemplos puntuales:

Natanael exclamó: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.» (Jn 1,49)

Encontramos una respuesta similar y colectiva de los discípulos:

Subieron a la barca y cesó el viento, y los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo: « ¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios! (Mt 14,32-33)

Incluso, si vamos tan solo unos capítulos más atrás en Mateo, encontraremos al propio Pedro reconociendo y confesando dos veces a Jesús como el Señor:

Pedro contestó: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua.» Jesús le dijo: «Ven.» Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero el viento seguía muy fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14,28-30)

Cuando Cristo habla de “esta piedra”, del griego petra, se está refiriendo indudablemente a San Pedro, no al propio Cristo, y mucho menos a su confesión de fe (¿O acaso el Señor, en lugar de “y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” no hubiera dicho “y sobre esta confesión edificaré mi Iglesia”?). Cristo aparece aquí como el arquitecto que construye (“edificaré”) y no como el cimiento (en tal caso podría decir “sobre la piedra que soy yo será edificada la Iglesia”).

Bastará recurrir a la palabra del propio Pedro para ver que la Iglesia no se construye sobre confesiones, sino sobre confesores, es decir, personas de carne y hueso:

También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús. (1 P 2,5)

Hay una sentencia bastante extendida en el ámbito de los hermanos separados, en la cual se alega que en el Antiguo Testamento la palabra “roca” solo se aplica a Dios. Pero vamos a ver que esto no es así:

Escúchenme ustedes, que anhelan la justicia y que buscan a Yavé. Vuelvan a su origen, miren la roca, la cantera de donde fueron sacados; miren a Abraham, su padre, y a Sara, que los dio a luz. Era uno solo cuando lo llamé, pero lo bendije y se multiplicó. (Is 51,1-2)

Vemos que en Isaías este término se aplica a Abraham como la base sobre la que dios funda su primera “iglesia”, el Pueblo Elegido. Resulta evidente que la roca no es una referencia a Dios, porque cuando el Señor habla sus palabras no son “mírenme a mí, la roca”, sino “miren la roca… Miren a Abraham”.

Tracemos un paralelismo: la Iglesia de Cristo está formada por hijos de Dios, pero el Pueblo Elegido del A.T. está formado por los hijos de Abraham, con quien el Padre hizo una alianza. Esto es lo que ofrece el sentido al pasaje, pues la cantera de la que los israelitas fueron extraídos es Abraham.

No quiero pasar por alto la traducción a la que los protestantes suelen aferrarse: petros=guijarro; petra=roca. Es cierto que en antiguos poemas griegos podemos encontrar ambas palabras con dicha diferencia de significado, pero no es menos cierto que esa diferencia desapareció en el siglo I, de lo que se deduce que cuando los evangelistas escribieron sus textos, ambos términos significaban lo mismo.

Los invito a analizar otros pasajes cuyo simbolismo, mediante esa babel interpretativa que es la llamada Sola Scriptura protestante, ha llevado a conclusiones erróneas:

Y bebieron la misma bebida espiritual; el agua brotaba de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. (1 Co 10,4)

Estas palabras no indican que cualquier roca que se mencione sea Cristo. Lo que aquí se expone es que la roca, específicamente la que golpeó Moisés y que acompañó a Israel por el desierto, era Cristo. Si alguien tiene alguna duda, lo invito a que lea el capítulo 10 desde el principio para comprobar la veracidad de mi explicación. Por eso mismo Cristo puede ser llamado fundamento, sin que esta mención impida a otras personas ser considerados como tales, aunque en otro sentido:

Pues nadie puede poner otro fundamento que el ya puesto, Jesucristo. (1 Co 3,11)

Por eso, vamos a ver que el propio San Pablo, en otra de sus cartas, afirma que los apóstoles son el fundamento de la Iglesia, de lo cual quedará en cada uno considerar si el apóstol era alguien contradictorio que decía una cosa en una epístola, y modificaba su planteamiento en otra, o simplemente un símbolo no debe quedar “maniatado” por una sola acepción, sino que admite otras posibilidades:

Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular. (Ef 2,20)

En cuanto a la expresión “dar las llaves”, equivale a otorgar el poder supremo sobre la Iglesia, a la que en numerosas oportunidades Cristo compara con el “Reino de los Cielos”. ¿O alguien puede negar, por citar un solo ejemplo, que el grano de mostaza que representa el crecimiento del Reino de los Cielos (Mt 13,31-32) se refiere a la expansión de la Iglesia de Cristo?

La entrega de las llaves trae aparejada una promesa: lo que Pedro haga en la tierra, en virtud de este poder recibido, será confirmado en el Cielo. Valga para lo expuesto una comparación: en la antigüedad, las ciudades estaban protegidas por murallas, y era la entrega de llaves las que daban acceso a las mismas, lo que equivalía a dar poder (autoridad) sobre la ciudad.

En lo concerniente a la Iglesia, se trata de la potestad administrativa y la disciplina eclesiástica en todo lo relacionado a los requerimientos de la fe. Tomemos como parangón un texto clave del Antiguo Testamento:

«Te destituiré de tu puesto y te quitaré tu cargo; Aquel día llamaré a mi servidor, a Eliaquim, hijo de Helcías. Le pasaré tu traje, le colocaré tu cinturón, y le confiaré tu cargo, y será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la familia de Judá. Pondré en sus manos la llave de la Casa de David; cuando él abra, nadie podrá cerrar, y cuando cierre, nadie podrá abrir». (Is 22,19-22)

Lo primero que un protestante responde ante este pasaje es que esa profecía habla de Eliaquim, y no de Pedro, lo que resulta indiscutible. Lo que en realidad hace Cristo es valerse de una figura ampliamente conocida en la cultura hebrea, expresión a la que Mateo da énfasis al dirigirse a cristianos provenientes del ámbito judío. El mayordomo, portador de las llaves del reino, era un ministro que estaba al servicio del rey, poseía la máxima autoridad, lo que hacía que este servidor estuviera solo subordinado al rey. Entendiendo esto, el mensaje de Jesús con el simbolismo de las llaves se vuelve más claro.

Para cerrar este círculo, los invito a ver quién tiene esa llave en el Cielo:

Escribe al ángel de la Iglesia de Filadelfia: Así habla el Santo, el Verdadero, el que guarda la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar, y si cierra, nadie puede abrir. (Ap 3,7)

Con esto resulta más que evidente por qué lo que Pedro ate en la tierra será atado en el Cielo, y viceversa. De estos poderes emana las absoluciones o excomuniones, imponer penitencias, los poderes legislativos. El Papa no se da el poder a sí mismo, como el pastor que se autonombra como tal y sale a predicar o arma su propio “templo” en el garaje de su casa, sino que es el propio Cristo quien le otorga esta potestad.

Los verbos atar y desatar obedecen a términos rabínicos concretos, que en resumidas cuentas significan prohibir o permitir con referencia a la interpretación de la ley; y en segundo lugar, absolver/condenar/vetar. Tanto Pedro como sus sucesores han recibido la autoridad para determinar las reglas para la doctrina y la vida, guiados por el Espíritu Santo, que conduce a la verdad total:

Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. El no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir. (Jn 16,13)

Es verdad que en no pocas ocasiones la historia ha evidenciado carencias en cuanto a las virtudes que se esperan del ejercicio del primado, pero esto es más evidente de lo que podría pensarse a simple vista: la Iglesia militante está constituida por seres humanos expuestos al pecado, que los vuelve tan falibles como cualquiera. ¿Acaso no debemos ver en la figura de Judas la advertencia de que siempre habrá quien no cumpla con la misión que el Señor le ha encomendado?

Pero sería injusto detenernos solo en las falencias de ciertos hombres, sin mirar cómo la asistencia divina ha alumbrado numerosos Papas que han sido ejemplo de santidad para toda la humanidad, ofreciendo el testimonio de un auténtico don de Dios que redunda en una sólida garantía de unidad y cohesión, como el rutilante signo de Dios Padre caminando al lado de la humanidad que peregrina hacia su encuentro.

Pedro después de la Ascensión

¿Dónde encontramos al apóstol luego del paso de Cristo por este mundo? A la cabeza de los apóstoles, tomando la iniciativa de elegir a alguien para tomar el lugar de Judas; también es quien realiza el primer milagro: un mendigo le pide limosna, Pedro le indica que no tiene dinero, pero en el nombre de Jesús le ordena levantarse y andar. El mendigo, curado del mal que lo aquejaba, hizo lo que le mandó Pedro.

Según una antiquísima tradición, Pedro fue siete años obispo de Antioquía; posteriormente, al ser liberado de la cárcel en Jerusalén (año 42) se dirigió a la capital del Imperio Romano, poniéndose al frente de aquella comunidad cristiana.

Tanto Eusebio como San Jerónimo postulan que pasó allí veinticinco años, pero estos no fueron continuos, pues Pedro estuvo en la Ciudad Santa nuevamente por el año 49 o 50. Debemos asumir que Roma era su sede principal, pero los apóstoles eran considerados en aquel tiempo como patrimonio de toda la Iglesia.

Vamos a ver cómo la Palabra del Señor demuestra que San Pedro estaba en Roma:

Los saluda la comunidad que Dios ha congregado en Babilonia; también los saluda mi hijo Marcos. (1 P 5,13)

Esa comunidad congregada en Babilonia en realidad se refiere a Roma, que era llamada de esa forma por dos grandes razones: la extensión de su imperio, que en tamaño solo se podía comparar con sus vicios e idolatría. Agrego algo más, aunque no venga al caso en relación al artículo, como factor preventivo ante la lectura literal que alguien pueda hacer: Marcos, el “hijo” es ni más ni menos que San Marcos Evangelista, discípulo e intérprete de San Pedro.

En su carta a los corintios, San Clemente Romano, fallecido a fines del siglo primero, data su muerte en la época de las persecuciones de Nerón, que va desde el 64 (año del mítico incendio de Roma, del que el emperador culpa a los cristianos, dando inicio a los ataques) hasta el 68 (año de la muerte de Nerón).

Durante el siglo II los testimonios que confirman el martirio de San Pedro y San Pablo se multiplican: Clemente de Alejandría; Dionisio, obispo de Corinto; San Ignacio de Antioquía; Papías; Tertuliano; y el llamado canon muratoriano.

En su Comentario al libro del Génesis III, Orígenes (184-253), citado por el historiador Eusebio de Cesarea, señala que Pedro pidió ser crucificado cabeza abajo al no considerarse digno de padecer la muerte de la misma manera que Jesús. Esto se ve avalado por San Jerónimo (374-420) en su obra Vidas de hombres ilustres. Flavio Josefo detalla al respecto que era común entre los soldados crucificar criminales en posiciones diversas.

Pedro de Alejandría, quien fuera obispo de esa ciudad, fallecido en los inicios del siglo IV, escribió un tratado que, bajo el título de Penitencia, expone en una parte del mismo:

«Pedro, el primero de los apóstoles, habiendo sido apresado a menudo y arrojado a la prisión y tratado con ignominia, fue finalmente crucificado en Roma».

Treinta años después de que el apóstol fuera martirizado, el entonces Papa San Anacleto construyó un oratorio que servía de lugar de reunión para los fieles.

El propio Pedro será quien ofrezca detalles indicando que después de su muerte sus funciones serán realizadas por otras personas, que su legado permanecerá para que las enseñanzas recibidas del Señor no queden en el olvido.

Me parece bueno avivar su memoria mientras esté en la presente morada, sabiendo que pronto será desarmada esta tienda mía, según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo. Por eso procuro hacer todo lo necesario para que, después de mi partida, recuerden constantemente estas cosas. (2 P 1,15)

Pedro implícitamente nos está indicando que habrá sucesores para que su trabajo no sea en vano. Después de leer esto, un protestante expondrá que está hablando de la Biblia, que eso es “todo lo necesario” para “recordar constantemente estas cosas”. ¿Cómo sabemos nosotros que no es así, que no se refiere solamente a la Biblia?

Por el hecho de que en el mismo capítulo 1 de esta carta, apenas unos versículos después (2 P 1,20) San Pedro se muestra en contra de la interpretación privada de la Escritura, y que en el capítulo 3, más precisamente en el versículo 16, se muestra crítico con los “ignorantes y poco firmes en la fe que tuercen las Escrituras para su propio daño”.

Sería muy trillado entonces plantear que Pedro, tras críticas de este tipo, considere una buena decisión dejar la Biblia para que cada quien se arregle como pueda, a sabiendas de que algunas personas o grupos las torcerán para su propia perdición. Lo referente a la sucesión apostólica quedará para ser tratado en mayor detalle en otro artículo, pero considero, para ir concluyendo, que en las presentes líneas he ofrecido un aporte bastante completo y fundamentado de por qué los católicos afirmamos sin titubeos que San Pedro es el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo.

Mariano Torrent

 

La acusación de que los católicos somos idólatras que adoramos imágenes y un notable maremágnum de consideraciones respecto a nuestras devociones es muy probablemente el reproche más habitual desde el lado protestante.

Sé que este artículo no va a cambiar prácticamente nada: por más que evidenciemos, Biblia en mano, que no existe prohibición alguna de construir imágenes y les enseñemos la diferencia entre adorar y venerar, la sentencia de los hermanos separados ya está dada: los 1.300 millones de católicos alrededor del mundo somos inexorablemente idólatras que faltamos el respeto al Señor con nuestras prácticas.

El ser humano ha realizado desde siempre pinturas, dibujos, esculturas y todo tipo de figuras como forma de comunicación y recurso para explicar algo. Aunque a muchos pueda en la actualidad resultarse rudimentario, se trata de un medio perfectamente lógico para explicar aquello donde las palabras no llegan a hacerlo con toda claridad. La expresión artística que el hombre utiliza para entender o manifestar lo ayuda a hacer visible lo invisible, ¿Acaso no dicen que una imagen vale más que mil palabras?

Existe a su vez una realidad humana, que es la caída del hombre a causa del pecado, a partir de la cual se comenzó a confundir a Dios, a mezclarlo con lo mundano, dando culto a otras cosas como si fueran dioses por medio de esculturas o imágenes idolátricas. A la luz de tales representaciones y su desviación del genuino culto al Creador se comprende la prohibición de hacer imágenes que encontramos en el Decálogo.

En lo referente a las primigenias comunidades cristianas, estas utilizaron las imágenes como medio para dar a conocer y difundir la fe en el Señor y a su vez la veneración y amor hacia María Santísima y los santos. Parece bastante sencillo regalar una Biblia a una persona en pleno siglo XXI, donde los índices de analfabetismo en los países desarrollados son mínimos, pero esto no era así hace dos mil años, y las representaciones eran lo que hoy llamaríamos un recurso pedagógico.

Esas imágenes que tanta confrontación y rechazo generan en los protestantes fueron herramientas válidas para “despaganizar” a muchas personas de buen corazón que muy probablemente no se hubieran convertido al cristianismo de otra forma. Fue así que con el tiempo surgieron representaciones como la de Jesús como el Buen Pastor, a la que después se sumaron las del Cordero Pascual y otros signos visibles para evangelizar y transmitir la vida de Cristo. Recordemos las catacumbas romanas, donde se conservan las imágenes que los primeros cristianos de la Iglesia perseguida por algunos emperadores legaron a las generaciones futuras, como las catacumbas de Santa Priscila, que datan de la primera mitad del siglo III.

El eje del debate

En lo concerniente a las representaciones artísticas, sean estas de Jesús, de María o de algún santo, ningún católico adora esa imagen, pues se trata fundamentalmente de un signo que facilita el recuerdo. Ni más ni menos que una ayuda para elevar los sentidos. Si el protestante cree que el católico necesita la imagen para orar es un error de comprensión suyo, no nuestro.

Estas breves palabras de Santo Tomás de Aquino en la Summa Teológica nos ayudarán a entender un poco más:

«El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. Ahora bien, el movimiento que se dirige a la imagen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que es imagen»[1].

Remitiéndonos, como corresponde, al diccionario de la RAE, idolatría es la adoración que se da a los ídolos:

Adorar es «Reverenciar con sumo honor o respeto considerándolo como cosa divina. 2. Reverenciar y honrar a Dios con el culto religioso que le es debido».

¿Qué es entonces un ídolo? Es la imagen de una deidad, adorada como si fuera la divinidad misma, lo cual corroboramos fácilmente si “descomponemos” la palabra idolatría: ídolo es aquel que toma el lugar de Dios, y latría es el nombre dado al culto de adoración.

Por lo tanto, ídolo es un ser, un objeto, una cosa que es considerada como Dios y se pone en su lugar, creyendo que tiene poder y vida. Tenemos un ejemplo muy claro en la Escritura:

Los que se dedican a tallar estatuas de dioses no son nada por muchos que sean, y esas obras a las que quieren no sirven para nada. Sus partidarios no ven ni entienden nada, pero al fin se decepcionarán. ¿Cómo se les ocurre fabricar un dios o fundir una estatua que de nada sirve? Todos sus cómplices llevarán un chasco, y esos artesanos se pondrán colorados. Que se reúnan todos y se presenten. Verán cómo sentirán, al mismo tiempo, miedo y vergüenza. El herrero trabaja con la fragua y a martillazos da forma a su obra; la trabaja con la fuerza de sus brazos. Siente hambre y se cansa y se agota. El escultor mide la madera, dibuja a lápiz la figura, la trabaja con el cincel y le aplica el compás. Lo hace siguiendo las medidas del cuerpo humano, y con cara de hombre, para ponerlo en un templo. Para esto tuvo que escoger un cedro o un roble entre los árboles del bosque, o bien plantó un laurel que la lluvia hizo crecer. El hombre ya tiene para hacer fuego, para calentarse y para cocer el pan. Pero también fabrica con esa madera un dios para agacharse delante de él; se hace un ídolo para adorarlo. Echa la mitad al fuego, pone a asar la carne sobre las brasas, y cuando está listo, se come el asado hasta quedar satisfecho. Al mismo tiempo, se calienta y dice: «Me caliento mientras miro las llamas.» Y con lo que sobre se fabrica su dios, su ídolo, ante el cual se agacha, se tira al suelo, y le reza diciéndole: «Sálvame, pues tú eres mi dios.» No saben ni entienden. Sus ojos están tapados y no ven; su inteligencia no se da a la razón. No reflexionan ni son capaces de pensar o entender y decirse: «He echado la mitad al fuego, he puesto a cocer el pan sobre las brasas, he asado la carne que me comí, ¿y con lo que sobra voy a hacer esta tontería? ¿Y me voy a agachar ante un trozo de madera?» Ese es un hombre que se alimenta de cenizas; tiene su corazón engañado y se perderá. ¿No será capaz de recapacitar y de preguntarse: «¿Qué tengo en las manos sino puras mentiras?» (Is 44, 9-20)

Como hemos visto, idolatría es cuando se adora a una persona o cosa como si fuera Dios. Por su parte, cuando yo venero algo lo que estoy haciendo es apreciarlo, respetarlo, valorarlo. Los católicos sabemos que los santos y las imágenes no deben recibir adoración, porque esta corresponde solamente a Dios. El Catecismo lo resume así:

El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al hombre no creer en más dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único Dios. La Escritura recuerda constantemente este rechazo de los "ídolos, oro y plata, obra de las manos de los hombres", que "tienen boca y no hablan, ojos y no ven..." Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto: "Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza" (Sal 115,4–5.8; cf. Is 44,9–20; Jr 10,1–16; Dn 14,1–30; Ba 6; Sb 13,1–15,19). Dios, por el contrario, es el "Dios vivo" (Jos 3,10; Sal 42,3, etc.), que da vida e interviene en la historia. (nº 2.112)

El Salmo 115 suele ser bastante citado por los protestantes en lo referente al tema en cuestión. Comparto el fragmento del mismo que tiene que ver con esta temática:

¡No a nosotros, Señor, nos des la gloria, no a nosotros, sino a tu nombre, llevado por tu amor, tu lealtad! ¿Quieres que digan los paganos: "¿Dónde está, pues, su Dios?" Nuestro Dios está en los cielos, él realiza todo lo que quiere. Sus ídolos no son más que oro y plata, una obra de la mano del hombre. Tienen una boca pero no hablan, ojos, pero no ven, orejas, pero no oyen, nariz, pero no huelen. Tienen manos, mas no palpan, pies, pero no andan, ni un susurro sale de su garganta. ¡Que sean como ellos los que los fabrican y todos los que en ellos tienen confianza!

Este Salmo no habla de las imágenes de los católicos, pues se refiere  a los ídolos de los paganos, presentando la inconsistencia de su creencia, pues estos asociaban a una estatua con un dios, con poder y vida.

Para completar la “trinidad” de pasajes acusatorios, estos son los otros textos célebres que utilizan en sus ataques contra los católicos:

No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. (Ex 20,4)

No te harás ídolos, no te harás figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo o aquí debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. (Dt 5,8)

Mucho hay para decir al respecto. Primeramente hay que procurar entender el medio ambiente egipcio, que es de donde salían los israelitas, y de donde más influencia podían llegar a tener. Los egipcios habían llegado a la exacerbación extrema en lo tocante a la adoración de los astros, los fenómenos de la naturaleza y los seres creados.

Esto lo puede comprobar cualquier protestante con investigar sobre la palabra zoolatría. La enciclopedia digital EcuRed define esta práctica como «la adoración o culto de los animales, a los que se tiene por encarnación de la divinidad, propio de algunas religiones y sectas de algunos pueblos primitivos».

Egipto representaba el gran paradigma de lo narrado en el párrafo anterior. El portal agrega: «Los animales han sido considerados desde el principio de los tiempos como manifestaciones de poderes divinos, y han dado a su forma actitud, y comportamiento a distintos dioses o diosas. Esto ha ocurrido a lo largo de siglos y en todas las culturas, con el surgimiento de las grandes regiones de la tierra, las fuerzas más poderosas estaban sin duda en manos de la propia naturaleza. El hombre aún no sabía cómo dominarla, y su sentido de supervivencia lo impulsó a proyectar dones divinos en los seres que poblaban esa naturaleza».

Este era el panorama de aquellos tiempos, que encuentra su condena en el Antiguo Testamento, a lo que hay que agregar, por ejemplo, el fenómeno de la adivinación en la Mesopotamia antigua, que adquiría diversas formas en el intento de comprender, por medio de presagios, los misterios del mundo. Nada de todo esto, auténtica idolatría enraizada en la cultura de pueblos que aún no habían recibido la Revelación, puede compararse con lo que cree la Iglesia Católica. Basta un poco de formación para entender lo descabelladas que resultan ciertas críticas que se suelen escuchar.

En su concepción politeísta, al adorar los paganos a muchos dioses, esto representaba un peligro para el pueblo de Israel, cuyos habitantes se veían en la tentación de imitar las prácticas religiosas de las naciones circundantes.

¿Cómo sucedía esto? Primeramente tallando imágenes de dioses cananeos - becerro de oro - y dando a sus representaciones un culto inmoral por medio de la prostitución sagrada. Por esto Dios prohibía a los hebreos casarse con habitantes de estos pueblos, para evitar la contaminación con sus costumbres y devociones.

Tenemos aquí un punto muy importante, que da cuentas de lo insustancial del argumento protestante: los ídolos de los paganos reflejaban los vicios de esas poblaciones, que es exactamente lo contrario de lo que simbolizan las imágenes en el culto católico, que manifiestan las virtudes cristianas de aquellos que eligieron a Dios por sobre el mundo: La Virgen María, el Padre Pío, San Cayetano, etc. En cualquier santo que se piense se apreciarán virtudes como el amor, la caridad, la humildad y la entrega total a Cristo.

Es por esto que cuando leemos el pasaje del Éxodo o del Deuteronomio ya citados, donde aparentemente se está prohibiendo la realización de imágenes se está refiriendo al culto idolátrico, no a cualquier tipo de imagen. ¿Cómo justifico lo que digo? Compartiendo el versículo anterior del Éxodo:

No tendrás otros dioses fuera de mí. (Ex 20,3)

¡O sea que el punto de partida es la condena a adorar otras deidades! Esto va de la mano con lo expuesto respecto a la “contaminación” con las creencias y costumbres paganas que Dios quería evitar.

Tenemos más cuestiones a tener en cuenta respecto a Ex 20,4 y Dt 5,8: en ambos casos la palabra hebrea que se utiliza es pesel ( פסל ), expresión que se traduce como ídolo, en clara referencia a imágenes idolátricas. O sea que el decálogo en ningún momento prohíbe las imágenes representativas. ¿Cómo lo sabemos? Porque el término a utilizar en ese caso es tselem (צלם); como tampoco dice nada contra las imágenes decorativas, las esculturas o los grabados, porque la palabra en ese caso es pittuach (פּתּח)".

A todo esto, existe otra forma de demostrar que el problema no son las imágenes, y es que el propio Dios ordenó la realización de lo que, según los protestantes, es paradigma de idolatría y desviación. En Éxodo 25,1 encontramos al Señor indicando a Moisés cómo construir el Templo. Veamos que era el propio Dios quien iba a habitar el santuario:

Me van a hacer un santuario para que yo habite en medio de ellos, y lo harán, como también todas las cosas necesarias para mi culto, según el modelo que yo te enseñaré. (Ex 25,8-9)

Ahora repasemos qué ordena poner el Señor en el Templo donde Él iba a manifestarse:

Así mismo, harás dos querubines de oro macizo, y los pondrás en las extremidades de la cubierta. (Ex 25,18)

Aquí es el propio Dios el que manda hacer imágenes en el lugar “que Él mismo habitaría”. Siguiendo los lineamientos protestantes, ¿Dios es idólatra?

Los ejemplos claros y concretos que he ido compartiendo reafirman las premisas católicas: el pecado de idolatría no es fabricar la imagen. Tomemos otro ejemplo del Éxodo:

Moisés no bajaba del cerro y le pareció al pueblo un tiempo largo. Se reunieron en torno a Aarón, al que dijeron: «Fabrícanos un Dios que nos lleve adelante, ya que no sabemos qué ha sido de Moisés, que nos sacó de Egipto.» Aarón les contestó: «Saquen los aros de oro que sus mujeres, y sus hijos e hijas llevan en sus orejas, y tráiganmelos.» Todos se los sacaron y los entregaron a Aarón. El los recibió y fabricó un ternero de metal batido. Entonces exclamaron: «Israel, aquí están tus dioses que te han sacado de Egipto.» Se lo mostraron a Aarón, el que edificó un altar delante de la imagen y luego anunció: «Mañana habrá fiesta en honor de Yavé.» (Ex 32, 1-5)

El pecado radica en considerar que la imagen es el mismísimo Dios. “Los dioses que te han sacado de Egipto” consiste en otorgar al ídolo las virtudes de Dios, o sea, tributarle el honor que corresponde al Padre como Creador de todo cuanto existe. Ningún católico se arrodilla ante María para agradecerle alguna acción que sabemos que es propia de Dios.

“¡Pero inclinarse ante alguien es pecado!”

El ejemplo anterior me da pie a aclarar otro malentendido de parte de nuestros hermanos separados. En la Biblia, y en nuestra cultura, la inclinación ante algo o alguien no es para nada sinónimo de adoración. Basta pensar en el clásico saludo japonés, consistente en inclinarse ante la persona en una muestra concreta de respeto y aceptación, totalmente lejano a cualquier tipo de adoración.

Respecto a hincarse, lo primero a explicar es que las rodillas no adoran. La adoración es interior, responde a la mente y al corazón. El protestante juzga por apariencias, y de esta forma ignora que postrarse es sinónimo de veneración o respeto, pero nunca de adoración. Vamos a ir compartiendo algunas citas que ayudarán a fundamentar lo que digo.

Veneración a los ángeles:

Mientras Josué estaba cerca de Jericó, levantó los ojos y vio delante de sí a un hombre con una espada desenvainada en la mano. Se dirigió a él y le dijo: «¿Eres tú de los nuestros o de los enemigos?» Y él respondió: «No, yo soy el jefe del ejército de Yavé, y acabo de llegar.» Josué se postró en tierra, lo adoró y dijo: «¿Qué ordena mi Señor a su servidor?» (Jos 5,13-14)

Entonces Yavé abrió los ojos de Balaam: vio al ángel de Yavé de pie en medio del camino, con su espada desenvainada en la mano. Se arrodilló y se postró con su nariz en tierra. (Núm 22,31)

A los padres:

José retiró a los hijos de entre las rodillas de su padre y se postró delante de su padre hasta tocar el suelo con la cara. (Gén 48,12)

Entró Betsabé a ver al rey Salomón para hablarle en favor de Adonías. Se levantó el rey para recibirla y se postró ante ella; se sentó después en su trono y pusieron un trono para la madre del rey, la cual se sentó a su derecha. (1 Re 2,19)

A los profetas (“hombres de Dios”):

Del otro lado lo vieron los hermanos profetas de Jericó y dijeron: «El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo.» Le salieron al encuentro, se arrodillaron ante él y le dijeron: «Aquí hay entre nosotros cincuenta hombres valientes. Deja que vayan en busca de Elías, no sea que el espíritu de Yavé lo haya dejado en alguna montaña o valle.» El les dijo: «No manden a nadie.» (2 Re 2,15-16)

Llegó hasta el hombre de Dios y se abrazó a sus pies. Entonces se acercó Guejazí para separarla, pero el hombre de Dios le dijo: «Déjala, porque su alma está amargada y Yavé no me lo hizo saber ni me ha revelado el motivo de su pena.» (…) Ella se postró a sus pies y luego salió, llevándose al hijo. (2 Re 4,27.37)

A los reyes (“ungidos de Yavé”):

Y en seguida empezó a latirle fuerte el corazón por haberle cortado la punta del manto de Saúl, y dijo a sus hombres: « ¡Líbreme Dios de hacer tal cosa contra mi señor! ¡No puedo poner la mano sobre el ungido de Yavé! » Con esto contuvo a sus hombres y no les permitió lanzarse sobre Saúl. Saúl se levantó para salir de la caverna y prosiguió su camino. David salió también de la caverna detrás de él y lo llamó: «¡Oh rey, mi señor!» Saúl se volvió para mirar y vio que David estaba inclinado hasta tocar el polvo con su cara. David le dijo: «¿Por qué haces caso a los que te dicen que yo trato de perjudicarte? Hoy mismo tú has visto cómo Yavé te ha puesto en mis manos y yo no he querido matarte, pues me contuve al pensar que tú eres el ungido de Yavé. (1 Sam 24,6-11)

Algunos apuntes conclusivos

Si de verdad somos del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad se parezca a las creaciones del arte y de la fantasía humanas, ya sean de oro, plata o piedra. (He 17,29)

El gran error protestante es, a mi juicio, condenar las imágenes por considerar que todas ellas, sin excepción, representan ídolos, partiendo de una interpretación desafortunada de la Palabra de Dios al suponer que allí se prohíbe toda imagen, lo que resulta absolutamente inexacto, como hemos estado viendo en el transcurso de este artículo.

El cambio de mentalidad que desde ciertas denominaciones cristianas nos piden a los católicos en realidad debe estar dirigido, como hace San Pablo, a los que poseen imágenes que consideran como dioses, tal como pasaba en Éfeso y Asia:

Un platero, llamado Demetrio, fabricaba figuritas de plata del templo de Artemisa, y con esto procuraba buenas ganancias a los artífices. Reunió a éstos junto con otros que vivían de artes parecidas, y les dijo: «Compañeros, ustedes saben que esta industria es la que nos deja las mayores ganancias. Pero como ustedes mismos pueden ver y oír, ese Pablo ha cambiado la mente de muchísimas personas, no sólo en Efeso, sino en casi toda la provincia de Asia. Según él, los dioses no pueden salir de manos humanas. No son sólo nuestros intereses los que salen perjudicados, sino que también el templo de la gran diosa Artemisa corre peligro de ser desprestigiado. Al final se acabará la fama de aquella a quien adora toda el Asia y el mundo entero.» (He 19,24-27)

A menos que haya hermanos separados que imaginen que los católicos disponemos de modernos “Demetrios” que “fabrican figuritas de plata del templo de Artemisa”, es bastante evidente que la amonestación es hacia las imágenes de los cultos paganos.

Para un católico existe un solo Dios, lo que afirma con orgullo en su corazón y de forma externa y pública cada vez que reza el Credo en comunidad, y no considera ninguna representación, imagen o estampita ya sea de María o algún santo como algo vivo y poseedor de características que solo pertenecen al Padre del Cielo.

El católico bien sabe que Dios no solo no prohíbe las representaciones, sino que puede servirse de ellas:

El pueblo fue a ver a Moisés y le dijo: "Hemos pecado, hemos murmurado contra Yavé y contra ti. Ruega a Yavé por nosotros, para que aleje de nosotros las serpientes". Moisés oró por el pueblo, y Yavé le dijo a Moisés: "Hazte una serpiente-ardiente y colócala en un poste. El que haya sido mordido, al verla, sanará". (Núm 21,7-8)

Si Dios es capaz de sacar vida de la representación de una serpiente, cuántos beneficios más para la humanidad puede haber a partir de una imagen que representa el bien.

Para no seguir extendiendo un artículo que considero es concluyente en cuanto a los argumentos de la fe católica respecto a este tema, quiero añadir que limitarnos a la saga protestante imágenes-idolatría-condenación es quedarnos en lo superficial de algo que va mucho más allá de una expresión física y visible, que se resolvería en un abrir y cerrar de ojos suprimiendo objetos. Pero el problema no terminaría aquí, porque aún persistiría otra situación: la tendencia humana de “fabricarse” ídolos.

Cuando el protestante reduce idolatría a imágenes presenta una visión ingenua del proceder de nuestra especie, porque este tema es mucho más amplio y complejo de lo que puede parecer a simple vista. El dinero, el placer, la fama, el prestigio, son atemporales formas de idolatría en las que puede caer cualquier individuo aunque reniegue de las imágenes.

Si se quiere hacer una verdadera catequesis sobre la idolatría entendida como lo que es, poner algo o alguien en lugar de Dios, no debería comenzarse por las imágenes sino por todo ello que nos aparta del culto al Creador.

Quien se diga cristiano debe preguntarse a diario si la idea que tiene de Jesús responde genuinamente al verdadero Mesías, o se está fabricando su propia imagen del Señor para justificar ciertas conductas en su forma de vivir.

¡Cuidado con la imagen falsa de lo Divino realizada para nuestra propia satisfacción!



[1] Summa theologiae, II-II, 81, 3, ad 3.

Mariano Torrent